«Estamos electrificando el mundo más rápido de lo que estamos aprendiendo a asegurarlo»
La transición energética no solo está transformando la forma en que producimos, almacenamos y consumimos energía. También está modificando el perfil de riesgo de edificios, empresas e infraestructuras. Paneles fotovoltaicos en cubiertas, baterías de litio en vehículos y centros de datos, hidrógeno verde o nuevos materiales utilizados en la rehabilitación energética están generando escenarios de riesgo que todavía estamos aprendiendo a identificar, prevenir y asegurar.
Para analizar estas nuevas vulnerabilidades, Rubén Rabeya conversó con Andrés Pedreira, Director del Observatorio de Nuevos Riesgos de Incendio. A lo largo del intercambio, abordan las lecciones del incendio de Campanar, los riesgos emergentes asociados a la electrificación y el desafío que supone para aseguradoras y responsables de riesgos acompañar una transición tecnológica que avanza más rápido que el conocimiento acumulado sobre sus posibles fallos.
Andrés, para empezar, ¿cómo nace el Observatorio de Nuevos Riesgos de Incendio? ¿Cuál fue el momento en el que decidisteis pasar de la reflexión a la acción?
Siempre digo que en España tenemos muchos terapeutas: los bares ejercen de terapia.
Vamos, comentamos lo mal que está todo, coincidimos en que algo no puede volver a suceder… y después seguimos adelante, pero sin actuar ni hacer nada.
Tras el incendio de Campanar decidimos hacer algo distinto.
Vimos una enorme movilización emocional, pero muy poca acción estructural. Todo el mundo estaba de acuerdo en que aquello no podía repetirse. La pregunta era: ¿qué hacemos para evitarlo?
Empezamos a reunir a colegios profesionales, ingenieros, bomberos y especialistas para impulsar cambios concretos. Hoy ya son más de veinte entidades técnicas trabajando juntas.
El objetivo es sencillo: identificar riesgos emergentes antes de que provoquen una nueva crisis.
Cuando hablamos de transición energética solemos pensar en innovación, descarbonización y eficiencia. Tú sostienes que también estamos asistiendo a una transformación profunda del riesgo. ¿Qué tienen en común la fotovoltaica, las baterías y el hidrógeno verde desde esa perspectiva?
La realidad es que todas estas tecnologías están transformando nuestro mapa de riesgos.
La transición energética está modificando la forma en que producimos, almacenamos y consumimos energía. Eso significa nuevas tecnologías, nuevos materiales y nuevos modos de fallo.
El problema es que la velocidad de adopción es muchísimo mayor que la velocidad a la que evolucionan las normas, los procedimientos y la gestión del riesgo.
Estamos desplegando tecnologías a escala industrial mientras todavía estamos aprendiendo cómo fallan.
Recuerdo una auditoría relacionada con una instalación de hidrógeno en un puerto. Cuando llegamos, descubrimos que ni siquiera existía un protocolo claro para descargar determinados equipos. Tuvimos que detener la operación y definir el procedimiento antes de continuar.
Son situaciones que ilustran muy bien el momento en el que estamos: tecnologías cada vez más presentes, pero todavía con muchos aspectos operativos por estructurar.
Si uno observa el despliegue de nuevas tecnologías energéticas, la fotovoltaica parece ocupar un lugar central en tus análisis. ¿Por qué se ha convertido en un foco tan importante para el Observatorio?
La primera razón es muy simple: la fotovoltaica ya está en todas partes.
La encontramos en cubiertas industriales, edificios residenciales, explotaciones agrícolas, instalaciones flotantes e incluso fachadas.
Y sin embargo seguimos viendo proyectos donde la evaluación del riesgo es claramente insuficiente.
La mayoría de la gente piensa en la fotovoltaica como una tecnología energética. Nosotros la vemos también como una instalación eléctrica permanente situada sobre una envolvente constructiva.
Eso cambia completamente la conversación.
Cuando se produce un incendio, no solo hablamos de energía. Hablamos de propagación, de evacuación, de acceso para los servicios de emergencia y de protección del edificio completo.
Además, estos riesgos ya están generando situaciones inesperadas. En Japón, por ejemplo, algunos operadores han tenido que proteger determinadas instalaciones solares frente a los cuervos. Los reflejos de los paneles atraían a las aves, que terminaban golpeándolos con piedras y provocando daños que podían derivar en incidentes técnicos.
Puede parecer una anécdota, pero refleja una realidad importante: cuando desplegamos una tecnología a gran escala, aparecen vulnerabilidades que nadie había previsto inicialmente.
Cuando investigáis incidentes relacionados con instalaciones fotovoltaicas, ¿cuál es el error más frecuente que encontráis?
Pensar que el riesgo está únicamente en el panel.
No es así. Los conectores, los inversores, las cajas de conexión, el cableado o los errores de instalación generan una parte enorme de los incidentes.
Cuando analizamos siniestros, muchas veces el origen no es tecnológico. Es operacional.
Formación insuficiente. Instalaciones mal ejecutadas. Mantenimiento deficiente.
Es exactamente lo mismo que ha ocurrido históricamente con muchas otras tecnologías.
De hecho, algunos estudios internacionales muestran que una proporción muy significativa de los incendios tiene su origen en errores de instalación o defectos de ejecución.
A menudo se percibe que estos riesgos son todavía teóricos. ¿Estamos viendo ya consecuencias reales a gran escala?
Sin ninguna duda.
De hecho, ya existen varios casos muy conocidos que muestran que estos riesgos han dejado de ser una cuestión teórica.
Walmart demandó a Tesla tras varios incendios asociados a instalaciones fotovoltaicas en centros logísticos.
Amazon llegó a paralizar parte de sus despliegues para revisar la seguridad de sus sistemas.
En distintos países se han producido incendios relevantes en instalaciones solares flotantes, edificios industriales y grandes infraestructuras.
No hablamos de hipótesis.
Hablamos de eventos reales que ya están generando pérdidas importantes.
Has mencionado varias veces que los riesgos avanzan más rápido que la regulación. ¿Dónde se observa con más claridad esa brecha entre innovación y gestión del riesgo?
El sector eólico ofrece probablemente uno de los ejemplos más claros.
En sus primeros años de desarrollo, la industria tuvo que enfrentarse a riesgos que todavía se comprendían mal. Recuerdo especialmente un accidente ocurrido en los Países Bajos durante una operación de mantenimiento en una turbina. Aquel incidente puso de manifiesto vulnerabilidades que no estaban suficientemente contempladas en los procedimientos existentes.
A partir de ahí, el sector desarrolló nuevas estrategias de intervención, protocolos de seguridad y medidas de protección específicas.
La experiencia generó conocimiento.
Con algunas tecnologías emergentes estamos todavía en una fase anterior. La implantación avanza muy deprisa, pero el conocimiento técnico, operativo y normativo aún está construyéndose.
Ese desfase es precisamente lo que nos preocupa. Preferimos aprender antes del siniestro que después de él.
Otro tema que aparece constantemente en tus intervenciones son las baterías de litio. Están presentes en vehículos, edificios, centros de datos e incluso en objetos cotidianos. ¿Qué es lo que seguimos subestimando sobre este riesgo?
Creo que seguimos subestimando el nivel de complejidad que existe detrás de una batería de litio.
Muchas veces se presentan como una tecnología madura y completamente controlada.
La realidad es que siguen existiendo escenarios difíciles de gestionar, especialmente después de impactos, inundaciones o exposiciones térmicas severas.
Además, cada generación incorpora más densidad energética.
Eso mejora las prestaciones.
Pero también incrementa determinados riesgos.
Todavía queda mucho trabajo de formación y concienciación para usuarios, técnicos y organizaciones.
Desde la perspectiva aseguradora, ¿cuál es el principal desafío que plantean estas nuevas tecnologías?
El principal desafío es que todavía estamos construyendo experiencia sobre muchos de estos riesgos.
El seguro funciona muy bien cuando existen datos históricos, estadística y comportamiento conocido.
Pero aquí estamos hablando de tecnologías relativamente nuevas desplegadas a gran escala.
La pregunta no es si habrá siniestros.
La pregunta es cómo evolucionarán, cómo se propagarán y qué impacto tendrán cuando empiecen a aparecer con más frecuencia.
Porque muchos de estos riesgos todavía no tienen décadas de experiencia detrás.
Y cuando no existe suficiente experiencia, cuando la normativa todavía está evolucionando y cuando las tecnologías cambian constantemente, gran parte de la incertidumbre termina trasladándose al mercado asegurador.
Por eso es tan importante anticipar. Entender el riesgo antes de que llegue la siniestralidad masiva siempre es más eficiente que reaccionar después.
Has mencionado Campanar en varias ocasiones. Más allá de la tragedia, ¿cuál es la principal lección que debería extraer el sector del riesgo y del seguro?
Si hay una lección que Campanar dejó especialmente clara, es que la envolvente del edificio importa mucho más de lo que tradicionalmente hemos considerado.
Durante años hemos centrado la conversación en el incendio interior.
Pero cuando el fuego se propaga por fachada o cubierta, la dinámica cambia por completo.
La velocidad cambia.
Las estrategias de evacuación cambian.
Y las consecuencias cambian.
Campanar mostró que la envolvente puede convertirse en el principal vector de propagación de un incendio.
También puso de manifiesto que seguimos introduciendo materiales y soluciones constructivas nuevas sin comprender siempre cómo se comportarán frente al fuego a gran escala.
La seguridad contra incendios debe formar parte de la conversación desde el diseño, no después del siniestro.
A pesar de todos estos desafíos, ¿eres optimista respecto al futuro?
Sí, y precisamente por eso creo que es importante abordar estos riesgos con realismo y no desde el alarmismo.
No soy contrario a ninguna de estas tecnologías.
Todo lo contrario.
La fotovoltaica, las baterías y el hidrógeno son fundamentales para el futuro energético.
Lo único que defendemos es que innovación y gestión del riesgo deben avanzar juntas.
No podemos desplegar tecnologías a escala masiva y preguntarnos después cómo asegurarlas.
Andrés, cerramos con la pregunta que hacemos a todos nuestros invitados. Si tuvieras que dejar una sola idea a responsables de riesgo, aseguradoras y empresas que están atravesando esta transición, ¿cuál sería?
Creo que hay una idea que resume bien toda esta conversación: la transición energética es también una transición del riesgo.
Cada nueva tecnología incorpora nuevas formas de fallo, nuevas vulnerabilidades y nuevas responsabilidades.
La cuestión no es si vamos a adoptar estas tecnologías. Ya lo estamos haciendo.
La verdadera cuestión es si la gestión del riesgo será capaz de avanzar al mismo ritmo.
Porque estamos electrificando el mundo a gran velocidad. Ahora tenemos que aprender a hacerlo sin transferir toda la incertidumbre al próximo gran siniestro.
Andrés Pedreira es Director del Observatorio de Nuevos Riesgos de Incendio y especialista en ingeniería de riesgos y protección contra incendios. Participa activamente en iniciativas destinadas a analizar los impactos de la electrificación, la descarbonización y las nuevas tecnologías energéticas sobre la seguridad de edificios e infraestructuras. Tras el incendio de Campanar, impulsó junto a diversas organizaciones técnicas un movimiento para promover cambios regulatorios en materia de seguridad contra incendios y gestión de riesgos emergentes.